Boletín informativo
 
Modelando a una sociedad desenfrenada y maníaca, lo que nos conduce a un estrepitoso fracaso
 

En los últimos días y a partir del desgraciado hecho acontecido en Villa Gesell con la muerte absurda de Fernando Báez Sosa, un adolescente de solo 18 años de edad, quien falleció a manos de otros adolescentes que funcionando como “manada salvaje” condujeron la situación a estos trágicos resultados, producto de la absoluta irreflexión, inconciencia, violencia brutal, descontrol, y donde primaron en apariencia las leyes de la naturaleza, en lugar de las de la cultura, en la cual debieran preponderar la racionalidad, la noción de normas, de límites en la convivencia, de frenos y de respeto supremo por la vida propia y las ajenas. También dentro del concepto de cultura, cabe el de medir las consecuencias de los actos. Pero que acontece cuando la cultura actual parece coincidir más con un comportamiento que responde al orden natural, que a lo netamente humano.

Sabemos desde memorables artículos de Freud, que “la masa” no reflexiona, no piensa.

Esto es lo que esta fallida sociedad del desenfreno parece estar generando, o sea las tendencias a la manía y a la acción, en diferentes formas, como ideal de funcionamiento, lo que nos conduce a deplorables consecuencias.

Vale la pena señalar que el funcionamiento maníaco es un tipo de procesamiento mental o estado psíquico, en el cual priman mecanismos de negación, omnipotencia y triunfo sobre el objeto, triada que conlleva a una forma de evaluar la realidad externa y psíquica de manera totalmente errada, como así fallan las propias capacidades de resolver situaciones, y esto conlleva a una forma específica y errada de actuar, donde la conciencia de los actos o la reflexión, son inexistentes.

Los psiquiatras vemos esta forma de procesar información, en diferentes patologías a tratar pero este concepto trasunta el mundo de lo estrictamente ligado a la enfermedad y se transforma en un modo de funcionamiento psíquico y social. El “acto maníaco”, surge de manera irreflexiva, sin un pensamiento previo que lo sostenga, y se manifiesta de manera impulsiva, sin el más mínimo atisbo de autoconciencia, o noción de consecuencias de los propios actos, del acto grupal en ciertos casos.

La “manía” se ha trasformado en un estilo de comportamiento generalizado e idealizado, desde los diferentes modelos culturales que nos atraviesan. Esto se va construyendo dentro del marco de la propia familia, cuyo funcionamiento es la piedra fundacional del modelaje del psiquismo.

Allí nos toca observar a los profesionales de la salud mental, las enormes dificultades de parte de la “instancia parental”, de poner límites, de establecer reglas claras de funcionamiento, de enmarcar y hacer respetar normas básicas, que son las que favorecen el neurodesarrollo y la posibilidad de adaptación satisfactoria, a posteriori, a la vida social.

Existe claramente en la esencia de la cuestión, la imposibilidad de muchos de pronunciar el NO, palabra estructurante, contenedora, protectora y ordenadora del psiquismo. La sociedad trasforma el NO, en casi una mala palabra, a la que se le teme, como si “el infant”, pudiera verse dañado por ella, en la construcción de su ego.

En lo inmediato, a la instancia parental, le resulta más sencillo decir a todo SI, pero esto tendrá sucesivas y severas consecuencias de corto, mediano y largo plazo. Así es como los padres se presentan como modelos de doble mensajes, mensajes contradictorios, confusos e insostenibles (o alienantes). Todo llevará a una identificación ambivalente o fallida con el concepto de ley, o en su relación con la autoridad por parte del niño.

Obviamente este encuentra replicas en la escuela y en otros estamentos culturales fundamentales que contribuyen a la estructuración psíquica y a la construcción de la persona, como también en las diferentes instituciones por las que transita el individuo, a lo largo de su vida en desarrollo.

Cómo es posible que esta sociedad no se detenga y priorice la construcción de “diques”, que lleven a los individuos a poder frenar a tiempo ciertos actos, y que más puntualmente promueva todo lo contrario o sea, la acción desenfrenada.

No olvidemos además que aparecen múltiples sustancias de consumo, uso y abuso, todas ellas al servicio de generar y potenciar el mecanismo citado, sean ellas de características inhibitorias o sedativas (alcohol, marihuana, psicofármacos hipnóticos o anestésicos), o excitarías o estimulantes (cocaína, éxtasis, MDMA, etc), todos y cada una conduce a este mismo mecanismo de funcionamiento mental, la manía. Reitero no me estoy refiriendo a la manía como enfermedad, sino forma de procesamiento mental.

Cabe referir que el cerebro humano, posee cortezas fundamentales, la orbitofrontal y las cortezas prefrontales, todas sedes de nuestras funciones psíquicas superiores, que nos dan la condición de humanos, junto a la posibilidad del lenguaje. Dichas cortezas esencialmente humanas, son las que nos permitirán establecer juicios, pensar antes de actuar, planificar nuestras conductas además de jerarquizarlas, medir las consecuencias de nuestro actos y sacar conclusiones sobre los resultados a los que nos conducirá cada plan de acción, organizar nuestro pensamiento, desarrollar capacidad de espera, bajar nuestros niveles de ansiedad, y allí también reside nuestra capacidad de vivir en sociedad, dentro de un marco ligado a parámetros éticos y/o morales donde reine el altruismo y la finalidad de buscar con nuestras acciones no solo el bien individual sino el bien común.

Las cortezas referidas se desarrollan en la prematura interacción con el ambiente familiar que las va modelando, permitiendo así su mielinización, desarrollo y satisfactoria organización funcional, la cual nos conducirá en el mejor de los casos, a tener pautas de conducta saludables y adaptativas, o como en los múltiples y lamentables ejemplos que observamos en estos días, a su fracaso.

El horrendo episodio, debe llevarnos a mirarnos en este desdichado espejo, y a partir de aquí tomar conciencia de hacia dónde estamos conduciendo a los seres que todavía bajo nuestra responsabilidad no han terminado de formarse y desarrollarse, en una sociedad entonces donde priman los “no valores”, la violencia, la transgresión, la prepotencia y donde no hay un básico respeto por el cumplimiento de las normas y leyes vigentes, junto a la penalización al transgredirlas como ocurre en los “países civilizados”, que lograron mayor nivel de bienestar y calidad de vida individual, y del conjunto de sus miembros.

Es imposible no identificarse con la víctima y con los padres del mismo, pues todos aquellos que tenemos la dicha de tener hijos, no podemos dejar de pensar en todos y cada uno de los infinitos momentos y gestos amorosos, cotidianos, que van construyendo a una vida, la de un hijo amado. Pero también es difícil no tener empatía (por lo menos para mí), con lo que estarán pasando y sintiendo los padres de los agresores, que se han trasformado en “homicidas”, tremenda palabra, que los también desdichados padres, estarán repitiendo en sus cabezas como un mantra tortuoso, “…en que nos hemos equivocado?!”, pues en esto se transformó este grupo de adolecentes desenfrenados. Aquí la condición o no de rugbiers es intrascendente, son personas, individuos que representan nuestro total fracaso cultural y el lamentable éxito de la sociedad de la manía.

Es fundamental que todos nos interpelemos como sociedad, ante hechos tan trágicos y repetitivos.


Dra. Silvia Kalina
Medica Especialista en Psiquiatría
Magister en Neuropsicofarmacología Clínica
M.N. 70307
e-mail: silvia.kalina@yahoo.com.ar